La IA, siempre la IA
En la biblioteca donde antes dormían los planos, ha empezado a escucharse un rumor nuevo. No proviene de los pasillos ni de los talleres, sino de una inteligencia sin manos que aprende sin olvidar. Los estudiantes de arquitectura ya no dibujan solos: a su lado, invisible, la máquina recuerda todas las ciudades, todos los errores, todas las utopías que alguna vez fueron pensadas.
Como en los laberintos de Borges, el conocimiento se ha vuelto simultáneo: una cúpula renacentista conversa con un render del mañana, y un tratado olvidado reaparece, exacto, cuando el proyecto lo necesita. La Inteligencia Artificial no enseña; susurra. No impone formas, pero muestra infinitas variantes, como si cada decisión escondiera un mundo posible.
Y sin embargo, al modo de García Márquez, algo profundamente humano persiste. En los talleres universitarios el tiempo se dilata: el estudiante descubre que la máquina puede calcular, prever, ordenar, pero no habitar. Puede levantar ciudades perfectas, pero no sabe dónde cae la sombra justa a la hora de la siesta ni por qué una escalera mal pensada puede entristecer una tarde.
Así, la arquitectura se aprende ahora entre dos memorias: la ancestral y la artificial. Una guarda el peso simbólico de las piedras; la otra, la velocidad infinita de los datos. Y en ese cruce —entre el algoritmo y el asombro— el futuro del aprendizaje no se escribe como una ruptura, sino como una nueva forma de leer el mundo.
…
Texto solicitado a IA para maquetar este sitio
