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Asimov

Comunicar es trazar un orden momentáneo en el caos. No el orden definitivo —ese pertenece a los dioses o a las bibliotecas infinitas—, sino uno humano, frágil, suficiente para que otro comprenda. Toda comunicación es un acto de fe: creemos que el mundo puede ser dicho, que la experiencia admite una forma, que las palabras todavía alcanzan.

Antes del mensaje está la estructura. Antes de la frase, el tono. Antes de la imagen, la intención. Comunicar es elegir un camino entre muchos posibles y aceptar que, al hacerlo, se pierden todos los demás. Cada palabra pronunciada excluye otras; cada silencio, también. En esa renuncia se cifra el sentido.

No comunicamos solo con lo que decimos, sino con la manera en que lo decimos y con aquello que dejamos intacto. Un sitio web, una institución, una voz pública son sistemas de signos que dialogan entre sí, aun cuando creen hablar por separado. El error no es la falta de mensajes, sino la falta de coherencia: el laberinto sin centro.

Comunicar, entonces, no es acumular discursos sino construir una forma. Una forma legible, habitable, justa. Una forma que permita al otro reconocerse —aunque sea por un instante— en lo que ve, en lo que lee, en lo que comprende. Porque comunicar, en el fondo, es ese acto antiguo y siempre renovado de tender un puente sabiendo que nunca será definitivo, pero sí necesario.

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